Relato corto: Noche de chicas

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Gracias a amigos escritores me he enterado de que hay un pequeño concurso sobre historias de miedo, así que aquí os pongo el relato con el que quiero participar (y espero ganar). Por supuesto, muchas gracias a Lorena, Eba, Marah y Gemma por vuestra desinteresada participación. Aquí va:

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Eba fue la última en subir a la buhardilla. El suelo de madera crujía bajo el peso de las cuatro muchachas. Afuera era noche cerrada y el viento soplaba con fuerza, agitando los pinos del jardín.

En la amplia y polvorienta sala, llena de trastos viejos, habían puesto los cuatro sacos de dormir junto a la diminuta ventana. Una bombilla desnuda colgando de un cable era la única iluminación del lugar.

—Me encanta este sitio —dijo Lorena, emocionada—. Es una pena que nuestros padres no nos dejen venir más a tu casa, Eba.

—Bueno, ¿y qué vamos a hacer esta noche? —Gemma se volvió hacia la anfitriona—. Nos tienes toda la semana en ascuas.

—Pensaba que íbamos a ver una peli de miedo y comer palomitas —apuntó Marah con timidez.

—Ay sí, la última película de Campanilla. —Gemma habló con una voz exageradamente aguda para imitar a la de Marah. Esta enrojeció pero no dijo nada.

—A veces dudo que tengas quince años —dijo Lorena, acariciándo su larga melena a la vez que se imaginaba que estaba posando ante una cámara.

Eba las hizo sentar en el suelo.

—¿Qué has preparado, Eba? —preguntó Gemma. La pelirroja dibujó en su rostro una siniestra sonrisa.

Entonces sacó un mechero.

—¿Vamos a fumar porros? —aplaudió Lorena. Todas habían fumado alguna vez y Gemma era la única fumadora habitual, pero ninguna había probado todavía las drogas y para varias de ellas era algo pendiente en su lista de cosas a hacer en la vida.

Eba no dijo nada y cogió una caja de cartón. De su interior sacó doce velas, que puso alrededor formando un círculo. Las encendió, apagó la luz y se sentó. Sus amigas la observaban intrigadas.

Luego, la pelirroja metió de nuevo las manos en la caja y sacó un tablero.

—¿No me digas que vamos a jugar al parchís? —preguntó Lorena, decepcionada—. Pensaba que íbamos a emborracharnos. El novio de Gemma es mayor de edad y nos podría haber comprado alcohol.

—¿Con mis padres en casa? ¿Estás loca? —exclamó Eba.

—Pues habría estado bien que Benja nos hubiera conseguido unas cuantas cervezas al menos —suspiró Lorena, tocándose de nuevo el pelo, a la vez que se imaginaba como actriz en un anuncio.

—Mirad bien y dejad ya de quejaros y decir tonterías.

La muchacha mostró el tablero. En su superficie destacaban pintados un sol y una luna, además de las palabras Sí y No. Debajo de estos, en un tamaño más pequeño estaban las letras del abecedario y los números del 0 al 9.

—¿Qué es eso? —preguntó Marah con su vocecita.

—¡Una ouija! —exclamó Gemma, aplaudiendo—. Vamos a invocar a los espíritus.

La joven colocó el tablero en medio y puso un vaso de cristal boca abajo encima.

—Ahora todas tenemos que coger el vaso y formularemos preguntas a los espíritus. Ellos moverán el vaso y nos responderán.

—¿Así de simple? —preguntó Marah.

Eba se encogió de hombros.

—Oh, espíritus, acudid a nuestra llamada, os lo pedimos por favor —dijo la pelirroja con mucho dramatismo.

Las demás soltaron una risita nerviosa.

—Empecemos —dijo la anfitriona—. ¿Quién quiere hacer la primera pregunta?

—Yo —dijo Gemma—. Vamos a ver… ¿es Marah virgen?

El vaso se movió al Sí y todas menos la aludida empezaron a reír.

—No es verdad, no soy virgen —refunfuñó—. Te he visto mover el vaso, Lorena.

—Venga, confiesa —dijo Lorena.

—Eso del sexo está sobrevalorado —replicó enfadada.

—Claro, claro —dijo Eba, sin dejar de reír.

—Ahora voy yo con mi pregunta —intervino Lorena—. ¿Conseguirá Francisco Izquierdo tirarse a Eba?

Antes de que la aludida pudiera reaccionar, el vaso se había movido al sí y todas menos la pelirroja estaban riendo.

—¡Malditas zorras! Ni de coña me acostaré con ese feo apestoso.

—Lleva todo el curso acosándote, y ya sabes que el que la sigue la consigue —intervino Marah.

—Bueno, vamos a ponernos serias —dijo Gemma—. ¿Hay aquí algún espíritu?

El vaso se movió al sí.

Las cuatro sintieron un escalofrío, y una mezcla de miedo y emoción las embargó. Algo había diferente ahora, y todas lo podían percibir.

—¿Eres una mujer? —preguntó Marah.

No.

A partir de aquí las muchachas fueron preguntando sin parar.

—¿Eres familiar de alguno de nosotros?

Sí.

—¿Moriste hace muchos años?

Sí.

—¿Te mataron?

Sí.

—¿Un asesinato?

No.

—¿En la guerra?

Sí.

—¿Cómo te llamas?

El vaso fue moviéndose por las letras, sin que las jóvenes apenas lo tocaran.

A
N
T
O
—!Antonio! —exclamó Marah—. Mi abuelo se llamaba Antonio y lo mataron en la Guerra Civil. ¿Eres mi abuelo?

Sí.

Durante los siguientes veinte minutos le estuvieron preguntando cosas sobre su vida en el otro mundo.
En un momento dado en que estaban pensando qué nueva pregunta hacer, el vaso empezó a moverse solo.

       Estoy muy orgulloso de ti, Marah.

A la joven se le escapó una lágrima y sonrió, emocionada y agradecida de poder hablar con alguien al que no había conocido pero del que tanto había oído hablar.

—Gracias.

Una corriente de aire, procedente de no se sabía dónde, apagó todas las velas de pronto.

—Creo que ha sido bastante por hoy —dijo la pelirroja, encendiendo la luz.

—¡Tenemos que repetir otro día! —exclamó Lorena.

Guardaron la ouija y Marah se levantó, mientras las otras empezaban a hablar de cosas intrascendentes.

Se acercó a un viejo espejo y se lo quedó mirando. Algo dentro de ella se revolvió y miró con curiosidad el reflejo de la joven que tenía delante. Ojos grandes, pelo corto, cara inocente.

Una siniestra sonrisa se dibujó en su rostro. Era cuestión de tiempo, y por fin lo había conseguido, gracias a la ouija. Su abuelo, menudas estúpidas, pensó el ser que ahora habitaba en el cuerpo de la muchacha. Ahora era libre, y no iba a permitir que nadie le echara de ahí.

—Marah, ¿qué pasa?

—Nada —dijo la joven, sobresaltándose—. Me he quedado como traspuesta.

Noche de chicas para el concurso #historiasdemiedo de ZENDALIBROS

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